A medida que la época de la información se convierte en una realidad para un
número creciente de personas en el mundo, las tecnologías que la determinan se
vuelven cada vez más sofisticadas y útiles. Las oportunidades son enormes para
los individuos y representan un salto hacia adelante en sus habilidades para
comunicarse y crear, hablar y ser escuchados. Para las economías nacionales,
significa crecimiento acelerado e innovación.
Sin embargo, estos avances
tecnológicos nos hacen sentir a veces como si viviéramos la vida dentro de una
pecera digital. Las cámaras CCTV registran los lugares a los que vamos de
compras y el modo en que viajamos. El correo electrónico deja rastro de a quién
nos dirigimos y qué decimos. Las más recientes tendencias en Internet –blogs,
redes sociales y sitios de intercambio de videos– llevan todo un paso más
adelante. Con sólo hacer clic con un mouse es posible compartir casi cualquier
tipo de información con casi cualquier persona.
Por esta razón, pienso
que es necesario desarrollar nuevas normas de privacidad que regulen el universo
cada vez más transparente que hoy en día emerge en la Red. Con “nuevas
regulaciones” no quiero decir, necesariamente, nuevas leyes. En mi experiencia,
la autorregulación normalmente funciona mejor que la legislación, sobre todo en
mercados altamente competitivos, en los que las personas pueden cambiar de
proveedores con sólo tipear algunas letras en la computadora.
Los
servicios de búsqueda son un buen ejemplo. Históricamente, las herramientas como
Google han almacenado las búsquedas de sus usuarios de forma indefinida. Esta
información nos ayuda a mejorar el servicio y a prevenir el fraude. Estos bancos
registran la búsqueda, la hora y la fecha en la que fue ingresada, y la
dirección y cookies del protocolo de Internet de la computadora.
Para
los que no lo saben, una dirección IP es un número asignado a una computadora,
que asegura que los resultados de búsqueda correctos aparezcan en la pantalla
correcta. Un cookie es un archivo que registra las pre-ferencias de la gente, de
tal manera que los usuarios no tengan que reencender sus computadoras
continuamente.
En la medida en que esta información no identifica
realmente a individuos, no nos dice quiénes son ni dónde viven; sólo registra
sus solicitudes de búsqueda. Por esta razón Google decidió borrar los últimos
dígitos de la dirección IP y del cookie después de 18 meses, lo cual rompe la
conexión entre lo tipeado y la computadora desde la que fue hecha la solicitud
de búsqueda. Nuestra estrategia tuvo buen recibimiento, e inmediatamente fue
implementada por otros miembros de la industria de servicios de búsqueda.
Obviamente, esto no quiere decir que la legislación sobre privacidad no
deba cum-plir con su función de establecer estándares mínimos. Debe hacerlo. La
mayoría de los países carecen de normas que protejan la información. Y en los
lugares donde sí existe legislación, ésta es, normalmente, una mezcla de
regímenes. En los Estados Unidos, por ejemplo, los temas de privacidad son, en
su mayoría, responsabilidad de los diferentes estados y existen, por lo tanto,
50 enfoques diferentes para el mismo problema. De manera diferente, la Unión
Europea ha desarrollado estándares comunes, pero éstos son complejos e
inflexibles.
En todo caso, las regulaciones de la privacidad en un país,
sin importar cuán bien diseñadas estén, son de utilidad limitada, pues la
información personal puede recorrer el mundo varias veces en cuestión de
segundos. Pensemos en una transacción de rutina con tarjeta de crédito: ésta
puede involucrar a seis o más países cuando se considera la ubicación de
servicio al cliente y el centro de información.
La carencia de un
acuerdo sobre los estándares de privacidad tiene dos consecuencias
potencialmente dañinas. En primer lugar, provoca la pérdida de protección
efectiva de la privacidad para los individuos. ¿Cómo pueden los consumidores
estar se-guros de que su información está protegida? En segundo lugar, genera
incertidumbre para el negocio, lo cual puede restringir la actividad económica.
¿Cómo puede una compañía, sobre todo una con operaciones a nivel mundial, saber
qué estándares de protección de la información aplicar en cada uno de los
diferentes mercados en los que tiene operaciones?
Por esta razón, Google
pide a la comunidad internacional un nuevo enfoque, más coordinado, para la
protección de la información. Desarrollar estándares globales de privacidad no
resultará tarea fácil, pero tampoco constituye un terreno completamente nuevo.
La Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo realiza su Guía
para la protección de la privacidad y flujos de información personal desde 1980.
Iniciativas más alentadoramente recientes en esta área de parte de la
ONU, la APEC (Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico) y la Conferencia
Internacional del Comisionado para la Privacidad se han orientado a la necesidad
de alcanzar principios comunes de protección de la información. Para los
individuos, tales principios aumentarían la transparencia y las opciones para el
consumidor, lo que ayudaría a las personas a tomar decisiones informadas acerca
del servicio que usan, a la vez que reducirían la necesidad de regulaciones
adicionales. Para los negocios, un acuerdo sobre estándares significaría la
posibilidad de trabajar con un marco claro, en lugar de hacerlo con las docenas
de marcos diferentes que existen hoy en día. Esto ayudaría a estimular la
innovación. Para los gobiernos, un enfoque común mejoraría de manera notoria el
flujo de información entre países y promovería la acción cambiaria y el
comercio.
La velocidad y la escala de la revolución digital han sido
tales, que pocos de nosotros podemos recordar cómo era la vida antes de que la
posibilidad de comunicarnos, o de intercambiar y buscar información, estuviera
disponible las 24 horas y toda la semana. Los beneficios han sido tan grandes,
que la mayoría de los que sí recuerdan nuestro pasado analógico jamás querrían
volver a esos días. La tarea que ahora enfrentamos tiene dos caras: ge-nerar
confianza por medio de la prevención del abuso y permitir la innovación futura.
Unos estándares de privacidad globales son vitales para lograr estos objetivos.
Por el bien de la prosperidad económica, la buena gobernabilidad y la libertad
individual, debemos enfocar nuestros esfuerzos hacia su implementación.
El autor es CEO de Google.
http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=949178&origen=notaAnt