Publicado en la ed. impresa: Opinión
TUNEZ
En abril del año 146 antes de Cristo, los romanos lanzaron el terrible
ataque sobre Cartago que culminaría en la destrucción total de la magnífica
ciudad. Según antiguos historiadores, el triunfante Escipión esparció
sal sobre el suelo devastado para que nada volviera a crecer en el lugar.
Ese gesto venía a rubricar el insistente reclamo de Catón en el senado:
Cartago delenda est (Cartago debe ser destruida). Hay historiadores que
remiten la siembra de sal sobre la tierra cartaginense al episodio bíblico
de la toma de Siquem por Abimélek. “Todo aquel día estuvo Abimélek atacando
a la ciudad. Cuando la tomó, mató a la población y la sembró de sal” (Jueces,
9/ 45) Como se ve, el símbolo del odio tiene larga data.
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En noviembre de 2005, en Túnez, a pocos kilómetros del histórico enclave africano,
se celebró la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información (CMSI), a
la que asistieron ciento setenta países.
Se trata de dos hechos de naturaleza tan diversa que compararlos parecería
absurdo si no fuera porque el azar geográfico recupera con ellos, al margen
de la dimensión particular de cada uno, esa figura constante que, a través
de la historia humana, representa el binomio “destrucción-construcción”. En
este caso, hubo de mediar la friolera de 2151 años entre el odio que conlleva
la guerra, simbolizado con fuerza y síntesis por el sello de sal, y el impulso
amoroso hacia la convergencia, que se manifestó en la preocupación, universal
diríamos, por la buena salud de la Red.
Resultados
Si bien, tal como han informado los medios periodísticos, el encuentro no
produjo novedades de fondo y los Estados Unidos retendrán el control de Internet
contra la esperanza que abrigaban algunos de tomar sus riendas, hay que reconocer
que de ninguna manera puede calificarse el resultado como un fracaso.
Quienes integramos la delegación argentina pudimos comprobar, de cuerpo presente,
el optimismo fundado en la realidad y, por consiguiente, lejos de todo atajo
retórico, que animó las declaraciones del jefe de gabinete de la Cancillería,
Agustín Colombo Sierra. Refiriéndose a una propuesta argentina anterior, destinada
a generar consenso en pro de una administración más participativa de la red
de redes, el funcionario comunicó que “a partir de esa propuesta tuvimos un
reagrupamiento de los países de la región y es así como se avanzó en la idea
de que haya un foro o un consejo que va a dar pie a una reunión el año próximo”.
En este sentido, dejando en paréntesis tanto el debate sobre la justicia de
las protestas contra la brecha digital entre pobres y poderosos como el de
la injusticia de invocar una libertad de expresión virtual como excusa del
poder político y la codicia, pensamos que lo concreto es actuar dentro del
contexto dado, con espíritu pragmático, a la vez que idealista. Seguramente
esta actitud contribuirá al paulatino corrimiento de fronteras que implica
el futuro foro internacional propugnado con entusiasmo por el grupo latinoamericano.
Lejos de conclusiones apresuradas y escépticas, entonces, es legítimo afirmar
que la Cumbre Mundial de Túnez sirvió de comienzo a la armonización de dos
tendencias: la que sostuvo que debía reinar en la Red una libertad de expresión
sin límites y la que se pronunció en favor de una severa responsabilidad ética
en el usufructo de la libertad de expresión.
Así, bregar por el mejor de los mundos posibles sin hacerse ilusiones escapistas
nos parece, a partir del cruce en Túnez, la única salida posible. Estamos
hablando de una tendencia constructiva, que descarta de plano el sello de
sal y, dentro de la incertidumbre de la hora, no se declara prescindente,
a fin de eludir presuntas corrupciones, sino que elige actuar. San Agustín,
que estudió elocuencia en la Cartago romana, supo escribir con notable economía
siendo obispo de Hipona: “Una naturaleza que no puede corromperse es sumo
bien (léase Dios); la que puede, tiene algo de bueno” (De natura boni).
El panorama
Nos encontramos no sólo frente a una brecha digital, sino también a una brecha
sociocultural. La parcelación de la realidad en territorios excluyentes ha
impedido durante mucho tiempo percibir su ser uno y complejo. Así como ciencia
y tecnología van de la mano, también su despliegue sólo es posible en el entramado
sociocultural. ¿Acaso la palabra “red” no lo dice por sí?
Desde esa perspectiva propiciamos todo avance que pueda lograrse en la consolidación
de la Red, ya que ella es fuente igualitaria de conocimiento, a la vez que
generadora de riqueza. Pero no habrá avance con atenerse a seguir el mismo
camino de los países ricos. Hay que buscar vías más auténticas y adecuadas
a las características propias. Esa búsqueda exige una educación genuina para
acceder y manejar la información. ¿Qué significa “educación genuina”? Por
empezar, que la educación es un bien social y no una mercancía. Sólo sobre
tal base el acceso a la Red constituirá un derecho de los ciudadanos cuya
tutela comprometa al Estado.
Este breve memorial sugiere algunas de las cuestiones por profundizar en los
nuevos foros anticipados en la Cumbre de Túnez. Un optimismo moderado es nuestro
deber, a fin de persistir en la corriente constructiva por la que nos hemos
jugado siempre.
Dentro de los límites de la circunstancia, no podemos dejar de señalar la
propuesta de Nicholas Negroponte para producir millones de computadoras portátiles
(laptops) que, al bajo costo de 100 dólares, se destinarían a la “alfabetización
digital” de los sectores humildes en los países pobres. De paso por la Argentina,
días antes de la Cumbre, Negroponte mantuvo conversaciones con el ministro
Daniel Filmus sobre el programa “una computadora por chico”. En esas reuniones
se trató la posibilidad de distribución de dichas laptops por medio del Ministerio
de Educación, siempre que éste disponga las necesarias inversiones.
Reconocemos las ventajas que aportaría la disponibilidad generalizada de las
máquinas. A la vez observamos que la exclusión social no se soluciona con
ninguna oferta de los “incluidos” por buena que sea, pero asimétrica respecto
de la demanda auténtica de los de hecho todavía “excluidos”. Reiteramos lo
dicho: las medidas para superar la brecha digital integran un movimiento sociocultural
totalizador que exige una nueva forma de pensar. Y el diálogo universal, al
que cada país aporte con su diálogo interno, es la condición de posibilidad
de semejante renovación.
Bajo el influjo del aura del cartaginés Aníbal, cuyo espíritu no sucumbió
a la sal del odio imperial, renovadamente nos inspiran los ideales de nuestro
Sarmiento en su esfuerzo de educador y estadista por tender caminos cuando
apenas se iniciaba la telegrafía. En el siglo XXI, la gran discusión sobre
el control de la Red nos demuestra con largueza que el espacio virtual es
sustentado por el mundo material y concreto. En ningún momento hay que olvidar
tal hecho para no incurrir en falsas utopías y, con inteligencia y buena voluntad,
preservar la tendencia constructiva en la que estamos inscriptos.
El último libro del autor es El futuro no es más lo que era. La tecnología
y la gente en tiempos de Internet, EDUCA, 2005.
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