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Publicado en la ed. impresa: Política
Sábado 3 de junio de 2006
Los intelectuales y el país de hoy
Quien intente explicarle a un niño que en la Tierra hubo vida antes de la
televisión corre el riesgo de ser tomado por un fabulador. Para los chicos,
la tele es tan natural como el aire. Para los padres y los docentes, un motivo
de desvelo. Prohibirles que se asomen a esa ventana abierta al mundo sería
un anacronismo malsano. Dejarlos navegar sin brújula por ese mar de ofertas
heterogéneas parece, cuanto menos, irresponsable.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Buenos Aires) y
máster en Educación (Universidad de San Andrés), Viviana Minzi estudia el
complejo universo de los niños, los medios y la educación. Actualmente se
desempeña como coordinadora del Componente Tecnologías de la Información y
la Comunicación, de un programa de la Unión Europea con el Ministerio de Educación
de la República Argentina, y como docente de la UBA. Entre otros libros, es
autora de "Vamos que venimos" y coautora de "Internet y la escuela"y "Mercado
para la infancia o una infancia para el mercado".
-En un artículo, usted afirma: "Los niños de hoy no son como los de antes".
¿Qué problemas plantea la diferencia?
-El problema radica en la distancia entre el ideal de niño que tienen los
docentes y los padres y la realidad de los chicos. Los docentes se han preparado
para interactuar con un niño quieto, que presta atención, pero se encuentran
con chicos que pueden procesar información sin necesidad de estar mirando
al maestro a los ojos y que pueden hacer varias cosas a la vez sin que esa
multiplicidad de actividades les impida comprender.
-¿A qué obedece esa transformación?
-A la interpelación de las imágenes, que no se basa en la disciplina: uno
mira televisión mientras hace otras cosas. Las nuevas tecnologías, en general,
no interpelan al sujeto desde lo racional, sino desde la emoción, el sentimiento
y la pasión. A eso se suma el peso que se les ha ido dando a los derechos
de los niños; entre otros, el derecho a ser escuchado.
-A fuerza de reivindicar los derechos de los niños, ¿no se les estará quitando
uno fundamental: el derecho a salir de la ignorancia?
-Hay que separar el movimiento cultural que exige respetar la subjetividad
de los niños del modo en que el mercado utiliza ese discurso. Hoy se ve un
deslizamiento del derecho al capricho, que está insuflado por los medios.
En ese marco, hay que establecer un diálogo sin perder de vista que la asimetría
entre el niño y el adulto existe. En función de su experiencia y del conocimiento
de reglas que el chico ignora, el adulto debe enseñarle que el derecho no
es todo lo que uno desea.
-¿Cuál es el lugar de la escuela ante el auge de la televisión?
-Cuando un niño comienza la escolarización, ya lleva varios años en contacto
con la TV. A las funciones sociales de la escuela se agrega la de dar herramientas
para que el sujeto pueda enfrentar las propuestas de los medios de comunicación.
Pero la idea no es que la escuela se parezca a la tele, porque el colegio
sigue siendo el lugar destinado a la construcción sistemática del saber. El
docente tendría que promover la reflexión para que los niños puedan distinguir
cuánto de todo lo que circula en la tele les sirve para transformar la realidad
personal. Eso es parte de la formación ciudadana, porque hoy la mayor parte
de la información acerca de lo social la recibimos de los medios, sobre todo
de la TV.
- ¿Cómo es el consumo televisivo de los niños en la Argentina?
-Los estudios dicen que es de unas cuatro horas diarias. Entonces, algunos
concluyen que los niños pasan más tiempo frente a la pantalla que en la escuela.
Un razonamiento con trampa. Lo importante no es cuántas horas están frente
a la tele, sino cuál es el vínculo que establecen con ella. Muchos adultos
tienen una mirada demonizante respecto de la TV y no ven que a veces los niños
se apropian de ciertos contenidos de un modo positivo.
-¿Cómo es esa apropiación infantil?
-Lo explico con un ejemplo real. En el curso de un trabajo de investigación
en una escuela porteña, una nena comentó que miraba "Operación Triunfo" y
que, cuando algo le iba mal en el colegio, se acordaba de todo lo que había
tenido que pasar una de las participantes para llegar hasta la última etapa
de la competencia.
"Entonces -dijo-, decido que me voy a esforzar porque a ella también le costó
mucho, pero le fue bien."
-¿Qué efecto tienen en los más chicos los canales de cable que transmiten
programación infantil durante las 24 horas?
-Según los resultados de las encuestas, los amigos influyen aún más que la
TV en el consumo infantil. Cada grupo familiar resuelve individualmente el
conflicto del consumo, y esas lógicas diversas chocan cuando los niños entran
en contacto con sus pares. La frase típica es: "Si a Fulanita la dejan comprar
eso o ver tal programa, ¿por qué vos no me dejás?".
-¿Qué ocurre con el consumo de programas en chicos mayores de seis años?
-Los padres y los docentes ignoran lo que los niños consumen. Saben que miran
determinado programa, pero desconocen en qué consiste exactamente. Si uno
se pone a ver el programa que miran sus hijos y comprueba que los valores
que exhibe no condicen con lo que uno quiere inculcarles, no hay duda en cuanto
a la necesidad de frenarlo. Pero muchos padres compran el discurso de que
los chicos son maduros, autónomos, y que cualquier intervención es un signo
de autoritarismo. Eso es peligroso, porque la prédica que vende el derecho
del niño a la autonomía termina proclamando su derecho a la soledad.
-¿Diría que, con la apariencia de la libertad, se fomenta la dependencia
de padres e hijos respecto del mercado?
-Creer que el llamado "mundo de los niños" está construido por niños es la
gran confusión; está armado por adultos que no son los docentes ni los padres,
sino los publicistas que, preocupados como están por la comercialización,
no dimensionan el impacto que ese bombardeo tiene en las criaturas. Una estrategia
recurrente del mercado de productos para niños consiste en borrar la figura
del adulto. Es preocupante el modo como los padres convalidan esa táctica
al desentender los consumos culturales de los chicos. En el tema de los regalos,
por ejemplo, se ha dado una transformación que merece ser analizada.
-¿Cuál es esa transformación?
-Para los chicos de mi generación, el regalo que nos elegían nuestros padres
era una sorpresa bien recibida. Ahora, los niños piden los regalos con tal
especificidad que los padres optan por ir con ellos a la juguetería para que
les muestren lo que quieren. La televisión tiene un papel central en este
asunto, porque los programas poseen una lógica interna que los padres desconocen.
Sobre la base de esa misma lógica, el mercado promociona una cantidad de objetos.
-¿Cuál es el ejemplo paradigmático?
-"Pokemon" y, luego, "Digimon". Ese fue un caso extremo de la publicidad que
en treinta segundos explica un juego, ofrece un postrecito e invita a coleccionar
los muñecos de los cuarenta personajes. El padre no puede ponerse a aprender
los cuarenta personajes, pero al menos debería saber que existen y decidir
si quiere comprarle a su hijo todo lo que trata de venderle el aviso o si
prefiere negociar con él otras alternativas. En la cuestión del consumo y
los chicos, los padres necesitan definir estrategias. Frente a un no, hay
que estar dispuesto a soportar el berrinche del chico y la propia ansiedad
por no satisfacerlo.
-¿Cómo viven los chicos de menor poder adquisitivo el bombardeo publicitario?
-Si bien las publicidades televisivas les hablan a quienes tienen la capacidad
de comprar, su mensaje de un ideal de vida basado en la abundancia y la acumulación
llega a todos. Rosana Reguillo Cruz, una autora que estudia el tema de las
culturas juveniles, plantea un vínculo entre la presión del mercado y la delincuencia.
Expone casos de chicos a los que no les falta el calzado y que, sin embargo,
salen a robar zapatillas de marca. Lo que los consumos culturales instalan
en los chicos es un modelo de valores y de vida.
-¿Cómo debería trabajar la escuela, con miras a formar televidentes críticos?
-No todos dan por sentado que la escuela deba trabajar el tema de la televisión;
hay quienes piensan que la escuela no debería perder el tiempo en eso. Yo
creo que hoy nuestro conocimiento de la sociedad y de la política está muy
mediatizado y, en consecuencia, la escuela tiene que educar en una mirada
crítica hacia los medios. Esa enseñanza es un modo de alfabetización cívica.
Una línea de trabajo es problematizar el consumo televisivo: ¿por qué miro
tal programa? ¿por qué miro la televisión en soledad? ¿por qué necesito mirar
lo que miran los demás para sentirme parte de un grupo? Otra tarea es abrir
la agenda temática de los alumnos más allá de lo que les propone la tele,
para formar ciudadanos que no sean meros receptores de productos, sino sujetos
con capacidad de proponer. La pregunta es en qué medida la escuela está preparada
para eso. No hay que olvidar que vivimos en una sociedad empobrecida y que
la escuela forma parte de ella.
Por Adriana Schettini
Para LA NACION