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Publicado en la ed. impresa
En la Argentina, dicen los datos de una consultora, 18 millones de
personas usan teléfonos celulares. Existen, asegura otra fuente, entre
ocho y nueve millones de usuarios de Internet. Y hay alrededor de
dos millones y medio de cuentas de correo electrónico. ¿Qué significan
estas cifras en un mundo que ha hecho de las estadísticas y de los
porcentajes verdaderos tótems, muestras de verdades indiscutibles?
En principio, se da por descontado que esto nos incluye, de manera
irreversible, en el mundo globalizado, que nos hace partícipes de
la comunicación y beneficiarios de su tecnología.
La necesidad de comunicarnos es evidencia clara de la diversidad que
nos define como humanos. No hay dos personas iguales, no hay dos experiencias
idénticas. En la vinculación de estas diferencias nos reconocemos.
Es el otro, el semejante, su mirada y su presencia quien garantiza
nuestra identidad. Tenemos nombres para ser llamados, nombrados, entre
otros, por otros. Comunicarse es alcanzar la humanidad del otro y
abrirle el acceso a nuestra propia humanidad. Es ampliar la mirada
sobre nuestras experiencias, ofrecernos mutuamente diferentes perspectivas
sobre nuestras historias y sobre nuestra condición común. La condición
humana. La comunicación es impensable sin el prójimo, el semejante.
Y, considerándola así, hasta podríamos decir que la comunicación es
amor.
¿Millones de celulares y de cuentas de correo electrónico y de “chateadores”
(conversadores cibernéticos, a veces de tiempo completo) son testimonio,
entonces, de un mundo más comunicado? La respuesta pide que quitemos
la vista de las cifras y estadísticas para posarla en las personas.
Podríamos ver, así, parejas que transcurren un almuerzo completo (están
ahí, en cualquier restaurante) con uno de ellos aferrado a su celular,
en una o en varias conversaciones en serie. No cruzan palabra entre
sí. No se miran. Veríamos familias que, en apariencia, comparten una
actividad, en donde uno o más de sus componentes están de cuerpo presente,
pero ausentes desde lo vincular. Se los ve rehenes de su celular.
En aeropuertos, salas de espera, supermercados, centros comerciales
(esos sitios que el antropólogo francés Marc Augé denominó no lugares)
nos encontraremos con seres mudos, sin contacto entre sí, con sus
miradas absortas en las pantallas o perdidas en el vacío mientras
sus orejas (que no oídos) están pegadas a un auricular. En las calles
veremos amigos, matrimonios, padres e hijos, que caminan como si anduvieran
por rieles paralelos, que no se tocan, mientras hablan, tecnología
mediante, con alguien que no está allí. Entretanto, llueve sobre nosotros
una incitación cotidiana: ¡conectate!
El celular, el correo electrónico y toda la parafernalia comunicante
de nuestra era tienen la virtud de abreviar los tiempos y hacer desaparecer
los espacios que nos separan de otros. Son medios para salvar distancias
con diferentes propósitos (afectivos, médicos, económicos, comerciales,
científicos, deportivos, informativos, etcétera). El problema con
los medios de cualquier tipo surge cuando se convierten en fines.
Y quizá sea tiempo de preguntarnos si estos medios de comunicación
no se han convertido en fines en sí mismos. De a poco se desplaza
la cualidad del servicio y aparece la de símbolo de identidad. Sin
celular, sin cuenta de correo electrónico, se corre el riesgo de empezar
a quedar afuera de ciertos vínculos y actividades. Escuché decir hace
pocos días a una mujer de 35 años, tras haber salido con un hombre:
“Me encanta, es inteligente, me atrae, pero no tiene celular, ¿qué
puedo esperar de él?”.
No sólo se trata del celular, la computadora, la palm o la cuenta
de correo, que como medios tienen una utilidad. El riesgo es que se
puede no pertenecer simplemente por no exhibir el adminículo de última
generación. “¿No te da vergüenza andar con esa cosa de hace cinco
años?”, escuché preguntar, en un restaurante, a una persona al ver
el celular de su acompañante. La comunicación ya no es lo importante,
sino el objeto, el aparato, el artefacto. El medio es el fin. De hecho
el uso del celular en ciertos lugares donde se necesita silencio,
sólo interrumpe la comunicación de los demás, del prójimo.
Muchas conversaciones y mensajes de texto por celular, mucho chateo
no son más que intercambios onomatopéyicos, deformaciones y empobrecimiento
del idioma, sobreentendidos, simples ejercicios destinados no al receptor,
sino a hacer ostensible algo ante quienes están alrededor. El 90%
de los mensajes electrónicos, admiten los estadígrafos, es correo
basura (spam). La comunicación en sí importa cada vez menos. Ya no
se trata de alcanzar al otro en un lazo esencial que nos recuerda
nuestro vínculo, nuestra calidad de semejantes. Lo que cuenta es la
apariencia: aparentar que se está comunicado. Que me llaman, que llamo,
que no estoy solo. Porque en la posmodernidad estar solo es una mácula.
Aún cuando para reflexionar, para registrar el propio mundo interior,
para transitar ciertos procesos (de duelo, de creación, de gestación,
de búsqueda espiritual, de crecimiento) la soledad sea parte necesaria
del itinerario. Hay que aparentar que se está ocupado y contactado,
que se pertenece al universo virtual de los conectados.
¿Están de verdad vinculados, en un sentido trascendente, los habitantes
de ese universo? En su lúcido y movilizador ensayo Amor líquido, el
sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman alude a este fenómeno y
concluye que cada vez hay más gente conectada y menos personas comunicadas.
Asistimos a un crecimiento metastático de la conexión y a un empobrecimiento
dramático de la comunicación. Los medios de comunicación se convierten
en fines (hay que cambiar el celular cada seis meses, renovar la computadora
todos los años, la palm envejece en semanas, el último juguete se
llama I-Pod, hay que ganar velocidad en la comunicación, aunque nada
tenga que ver con la profundidad o la realidad del encuentro).
Mientras más mensajes cruzan el espacio, menos contactos ciertos,
con soporte y significado, con presencia y compromiso, parece haber
entre las personas. De esto da fe una cierta angustia existencial,
una creciente pregunta por el sentido real de la existencia que se
escucha en cuanto se establecen conversaciones verdaderas, sostenidas,
ni efímeras ni virtuales. Si nos prometemos con un amigo una charla
con tiempo y sin celulares que nos interrumpan, aparecerán los temas
postergados, las necesidades desoídas del alma. Invito a realizar
esta experiencia.
Vivimos una era de contactos virtuales y soledades reales. El uso
que se le está dando a los aparatos de comunicación no hace más que
subrayar esto, lo profundiza. Quizá debamos volver a las herramientas
de enlace imperecederas y esenciales, aquellas que siempre, han estado
en nosotros. La mirada, la palabra, la presencia, la escucha receptiva,
la palabra elegida desde la empatía, el registro emocional.
Quizás una comunicación de este tipo resulte “lenta” y hasta precaria
para quienes sustituyen el contacto por la conexión. Y tendrán razón.
La verdadera comunicación entre las personas requiere tiempo, constancia,
dedicación. Es un arte y, como todas las artes, necesita de un proceso
sutil. Su resultado es el encuentro, la comunión. De lo contrario,
podremos estar muy conectados (a la Red, a este aparato, al otro artefacto)
y, sin embargo, muy solos. © La Nacion
El autor es periodista y escritor.